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“Yo dejo que la cámara capture lo que quiera… allá tú si no me crees, no es responsabilidad mía” (Hiroshi Sugimoto)

16.9.16

Se sentían muy bien juntas, pero ambas eran imprevisibles como una tormenta

 

Mírame. Soy una mujer de verdad. Tú sólo eres una ilusión creada por mí. 

Yo nunca hubiera tenido hijos, me dice. Los hijos son como la hiedra trepando por las  paredes. 

Ni hombre fijo. Los hombres que me gustan se van en silencio, dejando suficiente huellas en mi cuerpo y en mi melancolía para que los añore. Ni hogar. El hogar es la tela de araña donde quedan atrapadas las mujeres como tú.
 

Hubieras añorado ser madre y tener un hombre fijo que te roce cada día para conectarte al mundo real. Un hombre que te mire con miedo a que desaparezcas, porque intuye que hay algo salvaje que todavía tira de ti. Un hombre que se ría contigo, y que nunca te falle. Amarías a un hombre así.
Eres una mujer habitada… Enredada por tus afectos.

Soy un buzo, que mira por la escotilla con un ojo abierto para no perderse. Mientras en el otro cultivo sueños que nadie ve. 

Siempre has sido una peliculera. Hace tiempo que perdiste la inocencia. Esa escafandra en la que te refugias es tu realidad, y la realidad es un lastre demasiado pesado para volar.



A veces  soy una mariposa que escapa de su asedio. 
Vuelo efímero
Pero… vuelo al fin.
Sabes que nunca te dejaré en paz. Soy parte de ti.
Tu locura me mantiene cuerda.
(…) 

Amaría a un hombre así.
Lo sé.
Muchas veces quiero estar en otro lugar.
Lo sé

3.9.16

El calor cortocircuita mi precaria cordura



"Más amor y menos calor", grafiteo por las paredes dando saltitos sobre el asfalto ardiente, como un bicho raro de esos que salen en los documentales de TV caminando por parajes inhóspitos. 
Ordeno a mi pensamiento cerrar las puertas al verano para que el otoño se adelante con su aire fresco, su luz, olor y color y reanimen a esta momia que “veranea” obsesiva tachando con placer los días calientes del calendario.
Mientras el gato de mi vecino maúlla lastimero añorando un edredón esponjoso de Ikea donde esconderse a ronronear y soñar. Te comprendo, minino.
Intervengo los grafitis que encuentro a mi paso y los acomodo a mi anhelo otoñal. El calor me vuelve majara.
Pregunto a los veraneantes felices ¿por qué les gusta el calor? Los únicos sinceros son los viejos. Me cuentan que les alegra el cuerpo ver pasar a las mujeres ligeras de ropa.

-No importa la edad, todas tienen su encanto-me dice uno- En invierno van tan tapadas que no sabes ni quien te saluda.

-En invierno también podemos estar sexys, señores míos. No hay nada que caliente más que el látex… si sabes cómo usarlo.


 Me vista como me vista y aunque no me mire ni el león de la Metro-Goldwyn-Mayer no soporto el calor.  


Sorprendida por dos goterones de tormenta que se estrellan contra mi balcón, resucito cual momia deshidratada que se esponja. Y, como si esas gotas fueran el elixir de la vida, me pongo en marcha con precaución. El otoño se acerca, me animo. 

-Hola, hola… ¿Hay alguien ahí?